Dossier de los Tribunales sobre probática

Fuente: La Ley
Autor: Carlos DE MIRANDA VÁZQUEZ. Miembro del Equipo Académico del Instituto de Probática y Derecho Probatorio (ESADE-URL). Profesor de Derecho Procesal y Probática de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC). Magistrado suplente.

 

En esta ocasión, se analiza un caso de homicidio cuyo juicio de hecho presenta numerosos puntos de fricción con el derecho a la presunción de inocencia. Se desgrana el asunto y se analizan los distintos aspectos de la decisión judicial, fijando especialmente la atención en algunas disfunciones sistémicas, en relación con la valoración de la prueba, que pueden conducir a resultados cuestionables.

I. INTRODUCCIÓN

En esta ocasión, nuestro objeto de análisis son dos resoluciones sobre un mismo y único asunto y no un concreto tema probático. Y no podemos decir que se trate de una sentencia de actualidad, porque la primera sentencia data de octubre de 2006 y la segunda se dictó aproximadamente unos ocho meses más tarde de la primera. Tampoco podemos decir que se deba a que constituyó un caso emblemático, de profunda repercusión mediática a lo largo y ancho del país. Su resonancia social fue discreta. Pero, con todo y esto, seguimos firmes en el propósito de llevar a término un sucinto análisis de ambas resoluciones —aunque, como se verá, daría para escribir muchas páginas—. Nuestro cometido es sumamente modesto. Son varias las cuestiones que afloran y que, tan sólo con plantearlas, infunden un profundo desasosiego en el lector y ya no digamos si estas resoluciones llegan un día a ser leídas con detenimiento por un justiciable, ajeno al mundo procesal. Y no es que se traten de problemas excepcionales. Más bien todo lo contrario. Creo que están presentes, casi constantemente, en nuestros procesos penales. Veamos qué amerita tanto interés.

II. ANATOMÍA DEL CASO

Se van a desgranar a continuación todos los datos fácticos de naturaleza objetiva —intencionadamente se soslayarán, de momento, los de corte subjetivo— de que dispusieron, tanto el Jurado, como el órgano jurisdiccional al que correspondió conocer de la segunda instancia (1) :

  • 1.º) El 3 de mayo de 2004, Victoria —de 32 años de edad— y Camila —de 54 años de edad—, la primera hija de la segunda, aparecieron muertas en la vivienda unifamiliar en la que moraban —junto al marido de Victoria— en la población barcelonesa de Lliçà de Vall.
  • 2.º) El fallecimiento de Victoria aconteció entre las 12 y las 14 horas del día señalado. Esta víctima estuvo en la vivienda toda la mañana.
  • 3.º) Camila encontró la muerte entre las 13.30 y las 14 horas del mismo día. Esta víctima habría salido por la mañana a realizar ciertas gestiones bancarias y médicas, regresando en hora indeterminada a la vivienda.
  • 4.º) El acometimiento de Victoria se produjo con un arma blanca de un solo filo, ocasionándole un total de 13 heridas, 9 localizadas en el tronco y 4 en las extremidades superiores, lo que le causó la rotura de la arteria y vena ilíaca izquierda, sección del duodeno, páncreas, vasos mesentéricos, arteria hepática común y mesentérica superior y perforación del pericardio con lesión de la aurícula derecha, teniendo una hemorragia masiva que le produjo la muerte por parada cardiorespiratoria.
  • 5.º) El acometimiento de Camila se llevó a cabo del mismo modo, produciéndole una treintena de heridas (2 en el cuello, 10 en el tronco, 5 en las extremidades inferiores y 13 en las extremidades inferiores), de lo que resultó la perforación del ventrículo derecho del corazón, así como del hemidiafragma derecho y del lóbulo inferior del pulmón derecho, dando lugar a una importante pérdida de sangre, insuficiencia respiratoria aguda y fallo cardíaco, desembocando también en parada cardiorrespiratoria.
  • 6.º) Se encontró un cuchillo de cocina, en un cajón, que tenía restos de sangre de Victoria. En el mismo, ni se encontraron restos de sangre de Camila, ni ninguna transferencia biológica de terceras personas, incluido Leandro.
  • 7.º) Debajo del cuerpo de Victoria —concretamente bajo su pierna izquierda— apareció un reloj, propiedad del marido de ésta, a estos efectos, Leandro, de la marca TagHeuer. El cierre del reloj se encontraba abierto. Los demás ejemplares de la serie del reloj que nos ocupa presentaban un defecto de fabricación, consistente en que el cierre se abría con suma facilidad.
  • 8.º) En el reloj aparecido bajo el cuerpo de Victoria se localizaron restos de sangre de Victoria.
  • 9.º) Las huellas que se recogieron en el lugar de los hechos se pudieron identificar en su totalidad —menos dos, a las que seguidamente se hará referencia—, como propias de Victoria, de Camila y de Leandro. Esas dos restantes no permitieron —por su deficiente calidad— su efectiva atribución (lo que no debe leerse como correspondientes a terceras personas anónimas; sencillamente no se pudo determinar a quién pertenecían, si a alguna de las tres personas citadas, o a un extraño).
  • 10.º) Se encontró —cerca del cuerpo de Victoria— un mechón de cabellos rubios. No se pudo establecer la pertenencia de los mismos a las víctimas y tampoco se relacionaron con Leandro.
  • 11.º) De todas las huellas dactilares localizadas en el lugar de los hechos, dos se reputaron carentes de valor por no disponer de suficientes puntos característicos.
  • 12.º) A decir de los forenses, con toda probabilidad, las heridas infringidas a Victoria fueron hechas por una misma persona.
  • 13.º) No se dispone de testigo alguno que viera entrar o salir a persona alguna de la vivienda donde se produjeron las atroces muertes, en el intervalo de tiempo en el que se ha fijado el fallecimiento de Victoria y Camila.
  • 14.º) Los cajones de la habitación de Camila mostraban signos de haber sido registrados.
  • 15.º) Ni Leandro, ni tampoco los familiares de las víctimas encontraron a faltar objetos o efectos personales.
  • 16.º) El cristal de la puerta de la cocina, que da a la terraza, apareció roto.
  • 17.º) Se hallaron restos de cerámica de un cenicero marrón con un escudo en una terraza exterior, que, a decir de los familiares, se hallaba normalmente dentro de la vivienda.
  • 18.º) Aparecieron joyas de Camila desperdigadas por la terraza de la vivienda.
  • 19.º) La caja que habría contenido dichas joyas presentaba un desperfecto.
  • 20.º) Se encontró sangre de Leandro en la parte interior del cristal roto, esto es, en la cara que da a la cocina.

III. UN ALTO EN EL CAMINO: UNA BREVE REFLEXIÓN SOBRE LO QUE SABEMOS HASTA EL MOMENTO PRESENTE

Convendrá el lector conmigo en que la evidencia disponible —toda ella indiciaria—, de carácter objetivo —insisto en la importancia de este último adjetivo— es —por emplear un término suave— escasa. A ver, repasemos:

  • a) No hay rastros de transferencias biológicas desde el cuerpo del autor del hecho criminal hasta los cadáveres.
  • b) Existen serias dudas sobre el arma del crimen. Es cierto que se encontró un cuchillo en un cajón, con restos de sangre de Victoria, que morfológicamente es compatible con la forma de las heridas. Pero hasta ahí.
  • c) Se localizó un mechón de cabellos rubios que no se sabe de quién son —aunque es seguro que no pertenecen a Leandro— y sobre los cuales los diferentes equipos periciales han navegado en un mar de dudas, cuando no se han contradicho abiertamente.
  • d) Han aparecido dos huellas que no podemos saber a quién pertenecen: si a las víctimas, a Leandro o váyase a saber a quién.
  • e) Nadie ha visto ni entrar ni salir a persona alguna en la casa en la franja horaria en que se perpetraron los homicidios.
  • f) He dejado para el final, intencionadamente, lo único realmente relevante de cuánto se lleva dicho, que no es otra cosa que el reloj, con el cierre abierto, propiedad de Leandro, bajo la pierna izquierda de Victoria.

Quizás esté rotundamente errado, pero me cuesta trabajo admitir que nos encontramos ante un acumulación hercúlea de pruebas de cargo. Si me hubiese contado entre los miembros del jurado que conoció de este asunto en primera instancia, sin añadir ningún aditamento de los que luego se dirán, me asaltaría una duda, más que razonable. Pero no adelantemos acontecimientos.

IV. EL FALLO DE LAS DOS SENTENCIAS

La primera de las resoluciones —la que resulta del juicio con jurado— encontró a Leandro culpable de los asesinatos de Victoria y Camila, condenándole a veinte años de prisión por cada una de las muertes, con más las restantes penas accesorias. La segunda de las resoluciones se limitó —cumpliendo con los cometidos de su competencia funcional— a confirmar la primera, desestimando el recurso de apelación interpuesto por Leandro.

V. ¿POR QUÉ SE ENCONTRÓ CULPABLE A LEANDRO? BUSCANDO RAZONES

1. La pesadilla del fracaso de los contraindicios y la elusión del derecho a la presunción de inocencia

Nadie puede negar que hoy en día, el Tribunal Supremo proscribe que el fracaso de los contraindicios y la orfandad probatoria de las versiones exculpatorias —en especial, de la coartada— no puede contarse como una prueba de cargo frente al acusado. Pero luego, como por efecto de un extraño sortilegio, el fracaso o la orfandad a los que me he referido acaban aparejándose a pruebas de cargo y suman —mucho— a la hora de inclinarse por un pronunciamiento condenatorio. Y todo como consecuencia de un discurso oscuro, ininteligible, pero sumamente pernicioso, si se considera detenidamente: dichas versiones exculpatorias fracasadas «(…) no solamente no desvirtúan sino que refuerzan la convicción racionalmente deducida de la prueba practicada» (FJ 2.º de la Sentencia dictada en este caso, en sede de recurso de apelación). Ya analicé la cuestión en otro dossier de tribunales, así que me remito a lo allí expuesto (2) . Pero no puedo evitar decir algo más. Si el imputado/acusado tiene derecho, no ya sólo a guardar silencio, sino que puede mentir y ofrecer mil y una versión exculpatorias, sin que se deba extraer de ello el menor provecho probatorio para la acusación, ¿por qué no se abandona definitivamente esa asentada costumbre del sí pero no, de que los silencios o las mentiras del acusado no deben tener repercusiones negativas para él y luego resultan que sí las tienen? O una cosa, o la otra. Pero las dos a la vez resultan contradictorias.

En el caso que nos ocupa, tengo para mí que Leandro no mintió en relación con su coartada. Digo que no mintió porque los testimonios que sirvieron para desacreditar su versión exculpatoria no me merecen crédito. Pero sobre eso volveré más adelante. Lo más que se puede decir de la versión de Leandro es que no cuenta con prueba que permita su cumplida justificación racional. Descendamos a los detalles del caso y se comprenderá mejor lo que quiero significar.

Según Leandro, esa mañana marchó a la casa en construcción que estaba edificando junto a su esposa, la difunta Victoria. Allí permaneció hasta que regresó al mediodía y encontró los cadáveres de su mujer y de su suegra.

No hay ninguna prueba directa y, al parecer, tampoco indirecta de que permaneciera todo el tiempo en ese otro lugar. Pero eso no debería tener mayor transcendencia a la hora de decidir sobre su culpabilidad. Al menos, a tenor del derecho a la presunción de inocencia y el derecho derivado a guardar silencio e incluso a mentir (3) . Sin embargo, la Sentencia que recoge el veredicto del Jurado dedica su segundo fundamento de derecho —el primero versa sobre la calificación jurídica de los hechos—, en el que —aclaro— ya se entra a analizar la prueba que permite alcanzar conclusiones sobre la autoría, a la cuestión del fracaso de la coartada ofrecida por Leandro. Dicho más sencillamente, fue lo que más pesó en el proceso decisor del Jurado, o al menos eso parece. En lugar de dejarlo para el final, como remate de una sólida prueba de naturaleza objetiva (según la cuestionable doctrina jurisprudencial antes mencionada), parece erigirse en el principal motivo. Algo debió tener que ver con todo esto la evidente endeblez de la prueba indiciaria objetiva que reunió la acusación. Sea como fuere, se percibe de trasfondo un cierto sesgo de confirmación. La prueba de corte objetivo parece venir a confirmar la negativa impresión que causa el fracaso de la coartada, esgrimido como primer y determinante elemento de convicción del Jurado.

Desde luego, no comparto la forma de proceder. Y me pregunto a qué conclusión se hubiese llegado de haber orillado completamente el fracaso de la coartada de Leandro (insisto, por falta de prueba). Y también me cuestiono si no sería más honesto con esta forma de proceder que se informara taxativamente a todo imputado sobre las nefastas consecuencias que le puede acarrear ofrecer una versión exculpatoria mendaz o que no vaya a poder probar. Me da la sensación que el derecho a la presunción de inocencia ha perdido un jirón de su integridad por esta vía.

2. Hechos y dichos del imputado, una pesada losa

Llama poderosamente la atención hasta qué punto el Jurado magnificó las palabras y la conducta de Leandro, en los primeros compases de la investigación. Por lo visto, en un momento determinado, Leandro (que, por cierto, era policía autonómico) pronunció una frase que, a la postre, le perjudicó ostensiblemente: «Tenéis muchos indicios, pero prueba no tenéis ninguna» (FJ 2.º, ap. I.f, de la primera sentencia). Quizás, lo que quiso expresar Leandro, en este caso, es que se carecía de prueba directa alguna sobre el hecho central y los indicios hallados se antojaban, en junto, endebles. O pudo querer decir otra cosa. La tal expresión admite muchas lecturas. Puestos a mal pensar, sí, podría parecer que se jacta de que la Policía no ha encontrado pruebas o bien que, como policía, él también había hecho un buen «trabajo» no dejando pista alguna. Pero, visto desde otro ángulo, cabría entender que estaba espetando a sus compañeros de profesión a que extremaran los esfuerzos para localizar más evidencia, porque la que había —y hubo finalmente— es, al menos a mi modo de ver, escasa y de pobre significación. No obstante, no es cosa de interpretar lo que quiso decir —pues para eso hay que estar preparado técnicamente y conocer más exactamente las circunstancias que rodearon esa manifestación—.Resultando ambigua la expresión en su significación, opino que el Jurado tendría que haberla obviado.

También se ha tomado en consideración la conducta de Leandro al encontrar los cuerpos y la forma en que reaccionó cuando se llevó a cabo la inspección ocular y el levantamiento de los cadáveres. Sin duda alguna, se interpreta su comportamiento en clave negativa. Pero no consta la elaboración de dictamen pericial alguno, de corte psicológico, que, previa entrevista con el imputado —si es que se hubiese querido prestar a ello— analizara e interpretara el modo de conducirse Leandro en esos momentos iniciales. Me parece cuanto menos peligroso el modo ciertamente naïf de interpretar la conducta del acusado por parte del Jurado y se me antoja un exceso extraer de ello consecuencias perjudiciales para Leandro.

Si llevamos el argumento al extremo, parece aconsejable que los sospechosos reaccionen del modo más dramático e histriónico posible, no sea que una conducta menos expresiva puede llegar a identificarse con el comportamiento de un malhechor sin sentimientos, cruel y despiadado.

3. Prueba testifical, inmediación y revisión de la credibilidad en sede de recursos

Esta cuestión guarda una estrecha relación con la primera. El fracaso de la coartada de Leandro se sustentó esencialmente en seis testificales. Algunos de los testimonios coincidieron en que todos ellos habían visto el coche del acusado aparcado delante de la vivienda en el intervalo de tiempo en el que se produjeron los homicidios. Los restantes testigos manifestaron, sin desacuerdo alguno, que no habían visto el vehículo de Leandro aparcado delante de la vivienda en construcción.

La primera consideración que merece esta cuestión es la preocupante inoperancia de los conocimientos alcanzados por la Psicología del Testimonio en el plano procesal probatorio.

En las resoluciones —como es lógico— no se contiene un detalle del desarrollo de los interrogatorios de estos testigos. Y, por ello, no se puede saber hasta qué punto se les formularon preguntas dirigidas a evaluar la calidad de su percepción y de su memoria, además de aquellas otras cuestiones tendentes a confirmar su sinceridad. Pero en todo caso, me aventuro a conjeturar. Creo contar con el respaldo que proporciona que el Jurado no mencione ni una sola razón de los motivos por los que tuvo por fiables a todos esos testigos que depusieron sobre la presencia del vehículo de Leandro delante de su domicilio esa mañana. Eso sí, se puede leer en la segunda de las sentencias algo que pretender disipar cualquier duda: «Las testigos vecinas (…) se expresaron con claridad y de forma coincidente» (FJ 2.º). Y para remachar el argumento se añade: «No podemos obviar que se trata de una prueba testifical múltiple, coincidente, cuyas declaraciones se refuerzan entre sí y practicada con todas las garantías».

Vayamos al meollo de la cuestión. Bastará un ejemplo para ilustrar lo que se pretende razonar. Una de las testigos, Diana, manifestó que «(…) vio el coche del acusado y el de su esposa aparcados a las 10,30 horas del día de los hechos y los vio en la misma situación cuando volvió a su casa aproximadamente a las 13,30 horas» (FJ 2.º, segunda resolución). Pues bien, ¿se acuerda el lector de si el lunes pasado, cuando cogió el coche en el parking, el automóvil del vecino del 2.º 1.ª estaba estacionado en su plaza? ¿Y cuando regresó? ¿Estaba o no el utilitario de ese vecino concreto? La respuesta será que no, salvo que el coche del vecino nos llame la atención poderosamente por alguna razón (su color; nos entorpece la apertura de la puerta de nuestro automóvil; etc.). A este fenómeno mnemónico, los expertos en Psicología del Testimonio lo denominan «saliencia». Y un factor que disipa la aludida saliencia, es que una determinada situación se repita con cierta frecuencia. Lo extraordinario cuando se torna ordinario, deja de captar la atención de nuestra percepción (4) . Por consiguiente —y con ello volvemos al caso—, si para los vecinos de Leandro, la ubicación de su coche resultaba un hecho anodino, repetitivo, y, además, la rememoración no se produjo a pocas horas de haberse producido el acto perceptivo, ¿cómo pueden afirmar que a las 10.30 horas estaba y que a las 13.30 horas también el día de los hechos (que hasta el momento de la intervención policial era tan ordinario como cualquier otro)? No decimos que los vecinos mintieran cuando fueron interrogados, sino que se nos hace difícil que tuvieran tal claridad de memoria sobre un hecho anodino como es ver coches aparcados en la acera de su ciudad.

Lo peor de todo es que la valoración de la prueba personal no puede ser revisada en sede de recursos como consecuencia de que el órgano jurisdiccional ad quem carece de la taumatúrgica inmediación de la que sólo goza el órgano a quo.

Sigo sin comprender cómo es posible que la inmediación invista a los juzgadores —ya no digamos nada si se trata de jurados— de una suerte de facultad extraordinaria para determinar la credibilidad de un testigo con tan sólo verle y escucharle. A mí me parece que no es posible. Sin la formación necesaria no es posible interpretar correctamente el lenguaje no verbal. Incluso para los expertos no resulta en absoluto tarea fácil. Ya me he pronunciado al respecto en otro lugar (5) . Pero si la valoración de la prueba a través de la práctica de una rigurosa inmediación es un mito, lo suyo es obtener toda la información necesaria de cuantos datos se nos ofrecen, tanto a través del propio medio de prueba escrutado, como del resto de los que se hayan practicado. Información oral o escrita que permite, perfectamente, extraer indicios sobre los que inferir acerca de la confiabilidad del testigo (por la calidad de su percepción, de su memoria, de la recuperación del recuerdo y por su sinceridad).

Regresemos al supuesto que nos ocupa. Ya he dicho que la literalidad de las resoluciones nos impiden conocer el detalle de los interrogatorios y, al propio tiempo, omiten cualquier mínimo razonamiento sobre los motivos por los que los diversos testigos que depusieron sobre la localización del coche de Leandro resultaron dignos de confianza. No es de extrañar tanto silencio. La inmediación obra una suerte de efecto automático e inaprehensible en la mente del juzgador o del jurado. Y, claro, quién puede desarrollar una cabal y completa argumentación a partir de una sensación o de una impresión. Y a todas estas, la sociedad nunca podrá conocer por qué razones esos testigos merecieron toda la confianza de los jurados, a pesar de que recuerdan cosas percibidas en unas circunstancias de las que la Psicología del Testimonio nos dice que no deberían albergar esas evocaciones en su mente, con tan elevado grado de detalle. Sea como fuere, esos testigos (que, con prodigiosa memoria, dicen que vieron el vehículo de Leandro todo el tiempo aparcado delante de su casa y en ningún momento aparcado en las proximidades de la vivienda en construcción) resultaron determinantes para acabar con la coartada del acusado y, al mismo tiempo, para construir una inferencia cuyo desenlace fue que el encausado no salió de su vivienda, donde se cometieron los horrendos crímenes.

4. Compatibilidades y falacias

Me detendré muy poco en este punto. Quizás porque no merezca más. Pero no puedo negar que ha despertado mi interés. Vamos con el detalle del caso que nos ocupa. Leandro —el acusado— presentaba en ciertas heridas en el pulpejo (6) . La herida es compatible —señalan los forenses— con el empleo de un arma blanca. Luego, Leandro se produjo esa lesión con un arma blanca. De lo que cabe deducir que fue él quien asestó las muchísimas puñaladas que acabaron con la vida de Victoria y de Camila. Pero hay más aplicaciones de este razonamiento sobre la compatibilidad. El cuchillo que se encontró en un cajón de la cocina con restos de sangre de Victoria resultó ser compatible con la morfología de las incisiones que presentaban las fallecidas en sus cuerpos. Ergo, es muy probable que ese cuchillo fuese el empleado para agredirlas.

A mí este tipo de razonamiento se me antoja falaz. Aquí se hace jugar la compatibilidad como una suerte de mecanismo de determinación por exclusión. Me explico. Damos con un elemento que es compatible con otro. El filo de un cuchillo de cocina con la morfología de las incisiones. Y no habiendo otro elemento que presente las mismas credenciales de compatibilidad, concluimos, como altamente probable, que aquel primero es el agente causal, sin más información que corrobore el salto lógico. Y lo mismo vale para las heridas de Leandro en el pulpejo de su mano. Pero en ambos casos, el razonamiento se encuentra viciado porque se sustenta en un escenario de ignorancia. No hay más elementos compatibles, no porque la relación de caracteres sea singular y, por ende, excluyente. Podrían existir muchos otros elementos igualmente compatibles, que ahora desconocemos. Por consiguiente, la compatibilidad no puede ser genérica. Bien pensado, las heridas en el pulpejo no serían de tal singularidad que sólo las pudiese originar el empleo de un arma blanca, sino que también se las podría haber ocasionado Leandro realizando trabajos en la nueva vivienda que estaba construyendo (el propio acusado alude a que el día de autos habría estado arreglando una puerta). ¿Acaso presentaban las heridas de Leandro un indicio característico de los que quedan tras el uso apresurado de cuchillos, capaz de excluir otras causas posibles? Según las sentencias, en absoluto. Por lo tanto, pudiendo obedecer la herida al manejo de un arma blanca, igualmente podría explicarse por la realización de trabajos de carpintería y por otras muchas cosas. ¿Fue el cuchillo del cajón el que se usó para agredir a Victoria y Camila? Según las sentencias, no se puede responder tajantemente a eso. Así las cosas, sólo se me ocurre una cosa. Por higiene argumentativa, tanto el cuchillo de cocina —en el que no se hallaron rastros biológicos de Leandro—, como las heridas en la mano del acusado —cuya etiología ha quedado indeterminada—, deberían haber desaparecido del discurso de las resoluciones. Más que nada porque sin afirmarse tajantemente su valencia probatoria, parece que contribuyen a alimentar la idea de que fue Leandro quien con ese cuchillo apuñaló de forma inmisericorde a su mujer y a su suegra, hiriéndose con ello en la mano. De hecho, un elemento que se pasó por alto, y que entiendo sumamente sugerente, es que no se encontraran rastros biológicos de Leandro en la supuesta arma del crimen; de hecho, una lesión en el pulpejo tendría que dejar restos en el elemento que la provocara.

5. Un mechón de cabellos rubios y una encrucijada pericial

Cerca del cuerpo de Victoria se encontró por la Policía un mechón de cabellos rubios. Pudiera ser que la víctima se los hubiera arrancado a su agresor durante el acometimiento, aunque eso es pura especulación. En cualquier caso, Leandro no es rubio y parece que no se encontraron coincidencias genéticas. Desde luego, habría podido constituir una prueba de descargo, a mi modo de ver, decisiva. Sin embargo, ocurrió lo que sigue, que me he permitido extractar del texto de la segunda de las resoluciones (FJ 11.º) para conservarlo en toda su integridad: «(…) Se encontró cerca del cadáver de Macarena un mechón de cabellos rubios (…).Se trata del mechón de cabellos señalado como M8 (indicio 53) por el Departamento de Madrid del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses. En las conclusiones de su informe obrantes al folio 1265 dicen en relación con el referido indicio 53 (M8) que "no muestran semejanza morfológica de cabellos analizados de SCA y MEAV (las víctimas)". Posteriormente, también el Departamento de Barcelona del mismo Instituto elaboró un dictamen analizando las muestras de sangre y pelos que les fueron entregados para ello y en concreto la muestra 31, que se corresponde con el mechón de cabellos rubios etiquetado como indicio 53 señalada como M8 por el Departamento de Madrid, concluyen que a la vista de los resultados no se puede excluir que los cabellos descritos como M8-1 "pertenece a Macarena, a Serafina o a cualquier persona emparentada con éstas por vía materna" (folio 1566). Ante la aparente divergencia de conclusiones, los peritos fueron sometidos a contradicción y preguntados sobre ello, y al respecto los peritos del Departamento de Barcelona contestaron que la muestra M8 (mechón rubio) coincide con la muestra indubitada obtenida en la línea mitocondrial de Serafina y Macarena y que "sus conclusiones son distintas del informe de Madrid, pero no son contrapuestos, ya que ellos abundan más que en el de Madrid, ya que ellos abundan en el contenido celular" (folio num. 101 del acta del juicio oral, que no consta grabado). Preguntados a través de videoconferencia los peritos del Departamento de Madrid contestaron que la muestra M8 "no presentaba semejanza con los pelos de las víctimas aunque todos eran parecidos" (folio núm. 103 del acta del juicio oral)».

Me parece cuanto menos llamativa la disparidad de conclusiones alcanzadas por ambos equipos periciales sobre la misma muestra. Y es, desde luego, difícil de digerir que unos «pelos» no presenten semejanzas con los propios de la víctima, aunque, a fin de cuentas, sean parecidos. Pero yendo un poco más allá, no se ha establecido de forma tajante que los cabellos sean de Victoria, pudiendo pertenecer —en el mejor de los casos— a una tercera personas a cualquier individuo emparentado por vía materna. Ergo, este elemento probatorio —en lugar de obviarse sin más— debería haber contribuido a cernir más dudas sobre el caso. ¿Es razonable que la encrucijada a la que se llega con los dictámenes periciales sirva únicamente para desterrar esta prueba de la masa de evidencia del caso? ¿Qué ocurre si —como aquí sucede— uno de los dictámenes permitiría inferir que en el escenario pudo encontrarse un tercero, distinto a Leandro y a las víctimas? ¿Ninguna consecuencia debe tener desde la perspectiva de la presunción de inocencia? Parece ser que no.

6. La peligrosa ductilidad de las máximas de experiencia

Esta consideración nos podría ocupar de forma monográfica y, a buen seguro, este espacio no nos alcanzaría para agotar la cuestión y aportar algo útil. Así que me limitaré a enunciar el problema sucintamente. Y para mejor exponerlo, partiré nuevamente del caso. Leandro manifiesta, en su defensa, a modo de alibi, que durante el lapso de tiempo en que se cometieron los crímenes, él se encontraba en la vivienda en construcción, efectuando algunos trabajos. Pues bien, aunque no se ofrece detalles sobre el particular, el caso es que cuando la Policía acude a la casa, la camiseta que llevaba puesta Leandro estaba limpia. Y tenía que estar !sucia! porque, al parecer, de todos es sabido —máxima de experiencia vulgar— que lijar puertas desprende polvo que inexorablemente se adhiere a la ropa, sin que se pueda extraer más que con su lavado.

La generalización en cuestión me parece, cuanto menos, discutible. Para empezar, porque no es una máxima de experiencia vulgar, sino propia de quien se dedique a la carpintería o al bricolaje. Quien no haya lijado una puerta nunca o tampoco haya visto hacerlo, no puede más que ignorar qué consecuencias comporta para la ropa que se lleve puesta. Y cuando una máxima de experiencia no es vulgar, sino especializada —a veces, se confunde técnica con propia de un ámbito científico o profesional—, esto es, propia del acerbo cultural de una minoría, se precisa el concurso de un experto —léase, perito—.

En el supuesto de autos, la aludida generalización tuvo consecuencias pésimas para Leandro, pues la limpieza de su camiseta sirvió para devastar definitivamente su coartada. Sin embargo, se le ha condenado sin que hasta el momento se haya confirmado nunca, ya sea merced a la intervención de un perito, ya sea por vía experimental, que lijar puertas mancha inevitablemente la ropa y que la suciedad impregnada no se quita más que con un concienzudo lavado de las prendas.

7. Estándar de prueba penal, duda razonable y la aparición de un reloj debajo de una pierna

Llegamos al final. ¿Y qué nos queda? Si se elimina la coartada fracasada, lo que dijera el acusado en los momentos iniciales de la investigación, lo que adujeron los testigos sobre la localización de su vehículo, las heridas en el pulpejo de su mano, el cuchillo encontrado en un cajón de la cocina como arma del crimen, la limpieza de la camiseta, e incluso el carácter simulado del robo, entre otras cosas, volvemos a la misma situación en la que nos encontrábamos al principio.

Entonces, examinamos la prueba objetiva, material, que quedó en la escena, en busca de elementos que apuntaran claramente al aquí acusado Leandro. ¿Y qué es lo único que puede comprometerle? Pues que su reloj de pulsera apareciera debajo de la pierna izquierda de Victoria. No me parece contundente, ni decisivo. A fin de cuentas, alguien pudo colocarlo ahí intencionadamente. Una vez que se hubo desacreditado la hipótesis del robo fallido que desemboca en homicidio, no es únicamente Leandro el que podría querer acabar con la vida de Victoria y Camila. Es más, por no saber, ni tan siquiera se conoce el móvil del crimen. Y si fuese un tercero quien cometió el horripilante asesinato —quizás impulsado por motivos pasionales, a la vista de cómo se ensañó con las fallecidas—, no carecía de sentido que hubiese buscado implicar a Leandro. Él sostuvo que se le olvidó el reloj en casa cuando marchó a la otra vivienda. En modo alguno se ha desacreditado tal aseveración.

Por otra parte, no puede pasar desapercibido el hecho de que apareciera un mechón de pelo rubio, al lado del cuerpo de Victoria. Después del sainete pericial, tan importante evidencia —quizás de descargo— quedó en entredicho, o mejor, anulada, cuando su relevancia se me antoja mayúscula. Porque, claro, si los cabellos no son de Leandro —que no lo son— y no fuesen de Victoria, ni tampoco de Camila, se cerniría sobre el caso una duda más que razonable.

A mi modesto modo de ver, la debilidad objetiva de la evidencia indiciaria y las numerosas incertidumbres que jalonan este asunto, me han llevado a dudar. Pero es muy posible que esté equivocado. A fin de cuentas, los jurados y el órgano jurisdiccional revisor nunca albergaron la más mínima vacilación a la hora de decidir (7) . Quizás todo se deba a que el estándar de prueba y su duda razonable distan mucho de estar bien definidos, de modo que en lugar de haber alcanzado la deseable objetividad, aún nos encontremos en el reino de la subjetividad y de la íntima convicción.

(1)

No desvelaré la reseña de ambas sentencias hasta el final y como nota a pie de página, porque no quiero que el lector se aventure a beber de las fuentes originales. No quiero escamotearle nada. Pero no quiero que se contamine, porque, a la vista de lo que sigue, es preocupantemente fácil que se confunda el juicio.

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(2)

Véase el Dossier de Tribunales publicado en el Diario LA LEY, Especial Cuadernos de Probática y Derecho Probatorio, núm. 8, en fecha 25 de junio de 2012, núm. 7887, págs. 8-9.

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(3)

Sobre el particular, cfr. el reciente trabajo de SÁNCHEZ-VERA GÓMEZ-TRELLES, J., Variaciones sobre la presunción de inocencia. Análisis funcional desde el Derecho Penal, Ed. Marcial Pons, Madrid, 2012, págs. 54-57.

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(4)

Sobre estas cuestiones, más extensamente, me remito a mi trabajo Valoración de la prueba. La prueba indiciaria, en «Estudios sobre prueba penal (III). Actos de investigación y medios de prueba en el proceso penal: diligencias de instrucción, entrada y registro, intervención de comunicaciones, valoración y revisión de la prueba en vía de recurso» (X. ABEL LLUCH y M. Richard González, dirs.), Ed. La Ley, Madrid, 2013, págs. 380 y ss.

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(5)

Véase mi trabajo, La determinación de la credibilidad del testigo, en Revista Iuris, núm. 175, 1de septiembre de 2012, págs. 38 y ss.

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(6)

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, se entiende por pulpejo, «parte carnosa y mollar de un miembro pequeño del cuerpo humano, y, más comúnmente, parte de la palma de la mano, de la que sale el dedo pulgar».

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(7)

Las resoluciones son las siguientes: SSAP Barcelona, Secc. 10.ª, 23/2006, de 30 de octubre (LA LEY 326076/2006) y STSJ Cataluña, Sala de lo Civil y Penal, 15/2007, de 13 de julio (LA LEY 353263/2007).

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