Dolo eventual

Dolo eventual

Última actualización de en David Padrón

Categorías: Derecho Penal

Como es comúnmente admitido en la doctrina científica y jurisprudencial, entre el concepto de dolo, que requiere el conocimiento y voluntariedad del sujeto en la producción de un resultado antijurídico, y el de culpa lata o luxuria, también de creación romana, equiparada primero al dolo, y luego a la culpa consciente, hay una zona limítrofe, de difícil diferenciación, principalmente cuando se trata del denominado dolo eventual, ya que ambas instituciones tienen una estructura común, pues en ninguna de ellas, se desea el resultado, y en ambas, el agente reconoce la posibilidad de que se produzca el mismo. Entre las varias teorías que se han formulado para su distinción, dos de ellas son las que destacan: la de la probabilidad y la del consentimiento o de la aprobación. La primera, hace depender la colocación de la conducta enjuiciada en el ámbito del dolo o la culpa, según la mayor o menor probabilidad de que ocurra el resultado que se representa el sujeto, existiendo dolo eventual cuando el autor admitió una gran probabilidad y culpa consciente cuando ésta era muy lejana. Para la segunda, hoy preponderante, lo que los distingue, es que el agente, en el dolo eventual, consienta en la posibilidad del resultado, en definitiva lo aprueba, es decir, que hubiera seguido actuando aunque se hubiera representado el resultado como seguro, haciendo suyo aquel resultado previsto, mientras en la culpa consciente dejaría enseguida de actuar. Y por último, en una postura ecléctica, propugnada por un sector doctrinal, se exige en el dolo eventual que el autor no descarte la posibilidad de que el delito se pueda producir, conformándose o resignándose con ella, mientras en la culpa consciente, aun no queriendo se causa el daño, se advierte su posibilidad, pero se confía en que el resultado no se dará, y en cuanto se deje de confiar en ello, nacerá el dolo eventual.

Ahora bien, como quiera que tal asentimiento, consentimiento o conformidad, es de naturaleza interna o psíquica, que se halla en lo más profundo de la intimidad del sujeto, en donde para el juzgador es de muy difícil indagación, ello habrá que probarlo o deducirlo de la actuación externa y de las manifestaciones del actor, lo que implica la introducción de una difícil cuestión probatoria cuando tal asentimiento o conformidad, no ha sido exteriorizado inequívocamente.

El problema se centra, pues, en examinar si el juicio de valor que formula el Tribunal de instancia es correcto o erróneo. El mencionado juicio de valor, al entrañar, según una constante y consolidada doctrina jurisprudencial un concepto jurídico, es revisable en casación, precisamente por el cauce procesal que se utiliza en el recurso y a través del examen de los datos objetivos que tuvo en cuenta el Tribunal «a quo» y de la consiguiente racionalidad del proceso deductivo seguido para inferir tal cuestión, ya que obviamente, al tenerse que indagar sobre la intencionalidad del sujeto activo, no es posible prueba directa a tal fin. Haciendo aplicación de la doctrina anteriormente expuesta, al caso enjuiciado, es necesario llegar a la conclusión de que cualquiera que sea la teoría que se aplique, de las expuestas en el fundamento anterior, principalmente la que es predominante tanto en la doctrina científica como en la jurisprudencia de esta Sala ‑cfr. SS. 18‑3‑1980 (RJ 1980\1160), 8‑7‑1981 (RJ 1981\3201) y 24‑11‑1981 (RJ 1981\4545), 16‑10‑1986 (RJ 1986\5624), 16‑6‑1987 (RJ 1987\4955) y 6‑2‑1988 (RJ 1988\907)‑, cual es la del consentimiento, efectivamente al menos existió dolo eventual, puesto que el resultado mortal que no se produjo, se le representó como probable, y pese a ello no se desistió de su realización, sino que se aceptó aquél.

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